
Abres el refrigerador y notas que el aire de adentro ya no pica de frío, aunque el motor sigue sonando como siempre. Esa duda es la que trae a la mayoría de la gente a este tipo de reparación de refrigeradores, y casi nunca la respuesta está en el compresor, sino en una piecita que se llama termostato. Con un multímetro digital y un poco de mantenimiento del hogar bien hecho, esto se resuelve como un proyecto de hazlo tú mismo, sin llamar a nadie todavía.
Doroteo, un vecino del mismo fraccionamiento, me tocó la puerta con su refrigerador porque llevaba días sin enfriar bien y la comida se le estaba echando a perder. Antes de dejarme destaparlo, quiso saber cuánto le iba a salir la pieza si el problema resultaba ser ese, porque en otro lado ya le habían metido la idea de que el motor estaba muerto. Le expliqué que primero convenía revisar el termostato, que sale mucho más barato que un compresor, y que probarlo no toma tanto si se tiene paciencia y el multímetro a la mano.
¿Qué hace en realidad el termostato del refrigerador?
El termostato es el que decide cuándo debe trabajar el compresor. Por dentro tiene un tubito delgado, el capilar, cargado con un gas que se contrae con el frío y se expande con el calor. Ese movimiento empuja un contacto metálico que abre o cierra el paso de corriente hacia el motor. Con los años ese contacto se ensucia, se traba o el gas se escapa por algún poro diminuto, y ahí es cuando el refrigerador empieza a portarse raro: unas veces no enfría nada, otras no deja de enfriar.

Corta la corriente antes de tocar nada
Antes de meterle mano al panel de control hay que sacar el refrigerador del enchufe, sin excepción. La corriente de la casa no es ninguna broma, y un aparato que lleva encendido tanto tiempo puede guardar carga en partes donde uno no la espera. Si al abrir la tapa ves cables pelados o notas que el aislante de algún cable ya se puso quebradizo y se está desmoronando, mejor detente ahí: ese ya no es un problema de termostato, sino de cableado, y conviene que lo revise alguien con licencia para meterse en eso. Cuando todo se ve limpio, se puede seguir: normalmente hay un par de tornillos escondidos bajo una tapa de plástico junto a la perilla, y conviene aflojarlos despacio porque ese plástico se pone frágil con los años.
El multímetro digital y la prueba de continuidad
Para esta prueba no hace falta el multímetro más caro de la tienda. Lo que interesa es la función de continuidad, ese modo que pita cuando hay un camino cerrado para la corriente entre las dos puntas. Si tu aparato no trae el símbolo de la bocinita, sirve la escala de resistencia más baja que tenga marcada. Continuidad, dicho simple, significa que la electricidad puede pasar de un lado a otro sin ningún corte en medio: el multímetro marca un número muy cercano a cero, o de plano pita. Si en cambio aparece «OL» o un uno solitario pegado a la izquierda de la pantalla, el circuito está roto en algún punto, como una calle cerrada. Los probadores de continuidad con foquito que venden tan baratos los tengo un poco sobrevalorados, porque dan falsos positivos con facilidad; para esto confío más en un multímetro digital sencillo, aunque sea el más básico de la tienda.

Con las puntas en las dos terminales principales del termostato, las que traen los cables de la corriente, y con la perilla en cualquier posición que no sea apagado, conviene anotar qué marca el aparato antes de meter nada al hielo. Esa primera lectura, a temperatura de cuarto, es la que después se va a comparar contra la del agua helada.
La prueba del hielo, paso a paso
Aquí es donde se nota si el termostato sigue vivo. La lógica no es la que uno esperaría a simple vista: un termostato de refrigerador que está bien muestra continuidad, o sea circuito cerrado, precisamente cuando el bulbo sensor se mete en agua bien fría con hielo, y se queda sin continuidad, circuito abierto, en cuanto ese mismo bulbo regresa a la temperatura del cuarto. Por eso hacen falta las dos lecturas, no nada más una.
- Saca el termostato de su lugar sin cortar ni doblar el capilar; si el tubito se rompe, ya puedes ir tirando la pieza directo a la basura.
- Ubica las dos terminales principales, las que llevan los cables que vienen de la corriente.
- Con el termostato a temperatura de cuarto, pon las puntas del multímetro en esas terminales y anota si hay continuidad o no la hay.
- Sumerge solamente el bulbo del capilar en un vaso con agua bien fría y harto hielo, cuidando que el resto del cuerpo del termostato no se moje.
- Mientras el bulbo se enfría, deja pasar unos minutos; yo aproveché para salir a caminar un rato rumbo al Cosmovitral, aquí en Toluca, nomás para que se me bajara la desesperación de estar parado esperando.
- Vuelve a leer el multímetro sin sacar el bulbo del hielo: si el termostato funciona, ahora sí debe marcar continuidad.
Si el termostato marca continuidad en el hielo y la pierde apenas sale a temperatura de cuarto, está sano y el problema del refrigerador anda en otro lado. Si en cambio se queda sin continuidad todo el tiempo, tanto en hielo como afuera, es que el gas del capilar se escapó o el contacto se quemó por dentro, y ya no sirve. Y si nunca pierde la continuidad, ni siquiera afuera del hielo, el contacto se quedó pegado mecánicamente y tampoco hay mucho que hacer.
Lo que no funcionó a la primera
La primera lectura que le hice al termostato de Doroteo, todavía tibio de estar pegado a la pared trasera del refrigerador, salió rara y no cuadraba con nada de lo que se supone que debía marcar. Preferí dejarlo reposar un rato a temperatura de cuarto antes de repetir la prueba, y ya con una lectura limpia de partida, todo empezó a tener sentido.
Me acordé de un caso parecido, aunque con otro aparato: una lavadora a la que ya le habían limpiado el filtro y la bomba, y aun así el tambor se negaba a girar, porque el problema real estaba en otra pieza. Con los refrigeradores pasa algo parecido: uno quiere ir derecho al compresor porque es lo que más asusta, pero conviene descartar primero lo barato y fácil de probar.
Antes de eso, cuando apenas le estaba agarrando el modo a estos aparatos, un día saqué un pocillo de agua del microondas y salió hirviendo, señal de que el magnetrón todavía respondía aunque el reloj llevaba semanas fallando; el aparato mentía en una cosa y decía la verdad en otra, y aprender a distinguir eso fue lo que después me hizo confiar en pruebas como esta del termostato. Para la quinta semana de andar reparando aparatos del barrio, ya usaba el multímetro antes que el oído para decidir qué pieza cambiar.

Lo que me llevo de esta reparación
Al final, el termostato de Doroteo sí estaba muerto: no marcó continuidad ni en agua helada ni a temperatura de cuarto, señal clara de que el gas del capilar ya se había ido. Cambiarlo le costó una fracción de lo que le habían cotizado por un motor nuevo, y la comida del refrigerador se salvó a tiempo.
Porfirio, el vecino jubilado que vive un poco más arriba, me hubiera regañado si lo tiro a la primera sin probarlo bien, porque según él cualquier aparato así todavía puede dar sus buenos cinco años más antes de ir a dar al bote de reciclaje. Esta vez le di la razón.
La lección de fondo aplica para más que refrigeradores: antes de sospechar del fusible de protección de un carro o de cambiar el cable pelado de una plancha, vale la pena confirmar con el multímetro qué parte realmente dejó de hacer su trabajo, en vez de adivinar.
Si al abrir el aparato te recibe un olor a barniz quemándose desde el mismo motor, mejor no le sigas metiendo mano: ahí conviene revisar primero cómo saber si el motor de una lavadora quedó quemado, porque las señales de un devanado dañado se parecen mucho entre aparatos distintos. Y si en cambio el termostato sale bien pero el refrigerador sigue sin arrancar, no descartes el capacitor de arranque: es una falla que también veo seguido en lavadoras que no giran, y el principio para probarlo es parecido.
La lección que me llevo de esta reparación es simple: cuando un aparato se porta raro, conviene sospechar primero de la pieza barata y fácil de probar antes que de la cara. Un multímetro y un vaso con hielo cuestan mucho menos que un compresor nuevo, y casi siempre valen la pena antes de resignarse a comprar otro refrigerador.